Nuestros orígenes: el comienzo de las EFAs en Aragón

Las Escuelas Familiares Agrarias (EFA) comenzaron en España en los años sesenta, alentadas por el impulso de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Joaquín Herreros (a quien vemos en la foto) y Felipe González de Canales, que las empezaron con la ayuda de otros profesionales, pudieron escuchar lo que San Josemaría esperaba y deseaba para este proyecto: que fuera un sólido apoyo a la familia rural y una contribución a su formación, su preparación profesional, su bienestar y su vida cristiana. En 1962, comenzaron a poner las bases de este proyecto, tomando como modelos las Maison Familiale Rurale francesas. En 1967, en Lora del Río y en Brenes (Sevilla), se instalaron las dos primeras Escuelas Familiares Agrarias. En la creación y desarrollo de estas y de todas las demás EFA, Joaquín y Felipe buscaron la colaboración de las familias de los alumnos, y los profesionales y empresarios de las comarcas en que nacían las Escuelas. La idea era proporcionar una formación profesional y cultural de calidad a la gente joven del campo y a sus familias, dándoles los medios para que fuesen capaces de labrarse su futuro y evitando así que tuvieran que abandonar el medio rural por falta de un trabajo digno y de posibilidades de mantener a una familia.

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Joaquín Herreros (Joaco) recuerda cómo se inició la EFA de Épila (Zaragoza): «Se quería hacer por aquella zona una EFA. Aurelio Ortillés, agricultor, promotor de cooperativas, que entonces era alcalde de Botorrita, nos llamaba, nos informaba de sus recorridos por la zona. Al fin, un día nos llamó para decirnos que cerraba una azucarera del Grupo Ebro en Épila, que dejaba vacíos unos edificios enormes que habían puesto a la venta.

»Fuimos entonces a Barcelona –dice Joaco- a ver a los directivos de Ebro y nos confirmaron la noticia. Les expusimos nuestro deseo de poner allí una escuela para agricultores con explotaciones familiares. La idea de montar allí una EFA les gustó, y nos regalaron un bloque de tres edificios que tenía en el centro una capilla y dos escuelas a los lados. Se respetó la capilla mientras que los bloques se destinaron uno a residencia y el otro a servicios generales: aulas, comedor, sala de estar, etc.»

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Aurelio Ortillés era agricultor. Fallecido en 2011, había sido alcalde de Botorrita durante tres legislaturas. Padre de cinco hijos y abuelo de doce nietos, de momento, fue artífice destacado de la creación de las EFA en Aragón. Era entonces presidente de la cooperativa de Casetas, un pueblo situado a veinte kilómetros de Zaragoza. Su mujer, Angelina de Andrés, fue también monitora y directora de la EFA y perteneció asimismo al Comité Gestor de la Federación de las EFA en Aragón. ¿Qué llevó a Aurelio Ortillés a embarcarse en la promoción y creación de las EFAs en Aragón?

»Sin duda fue por la inquietud que sentíamos por la gente del campo –decía Aurelio-. A la inquietud por la falta de formación que había en el medio rural. En el trato -diario- que mantenía con los agricultores, era notoria su escasa preparación, su escaso nivel de formación, incluso de formación humana. Como presidente de la cooperativa, tuve ocasión de comprobar detalles de esta escasa formación humana, como era el hecho de que los melocotones buenos los llevaban directamente al Mercado Central de Mayoristas, mientras que los malos los traían a la cooperativa. Los chicos tenían la escuela, y nada más, y en cuanto a la formación cristiana, iban los domingos a la Santa Misa, pero sólo tenían la formación recibida en la parroquia, muy tasada en tiempo y asistencia de los chicos.

»Contaba yo un día estas cosas a Antonio Rico, fiel del Opus Dei, y éste me dijo: “Mira, Aurelio, precisamente acaban de mandarme una carta en la que informan de que en Pozoalbero, una finca a cinco kilómetros de Jerez de la Frontera, se celebra una convivencia que empieza mañana y que, sin duda te interesa porque se van a tratar problemas del campo, que quizá contribuyan a ayudarte a solucionar problemas en tu cooperativa”.

»En efecto, al día siguiente, por la mañana, me fui a Pozoalbero en compañía de Mariano Rubio, un agricultor que había puesto en marcha la EFA de Calamocha en septiembre de 1971. Volví de Pozoalbero entusiasmado, con la idea de poner en marcha la EFA en Pinseque (Zaragoza), porque lo consideraba absolutamente necesario y urgente, y nos empeñamos en sacarla adelante. Pinseque tenía entonces unos mil trescientos habitantes.

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»Pero yo solo no podía, por lo que me puse entonces a buscar ayuda y colaboración entre amigos y conocidos, y en esta búsqueda ocurrió de todo: me encontré con gente más o menos decidida, más o menos consciente de los problemas del medio rural… Recuerdo especialmente algunas anécdotas que nos sucedieron a la hora de buscar chicos para que se inscribieran en la EFA. En Almudévar, un pueblo de Huesca que contaba con poco más de tres mil habitantes, había un agricultor, que había creado una cooperativa, una de las primeras que se crearon en Aragón, en donde se comercializaba alfalfa y todo tipo de granos. Este hombre tenía once hijos, y al ponerse en marcha la EFA fueron a hablar con él Carlos Marqués y Cosme Arrabal –los dos primeros monitores, ya con cierta experiencia, que nos había mandado Felipe González-, para que enviara alguno de sus hijos a la EFA. Nos dijo que no quería saber nada de la EFA. Pero nosotros no nos dábamos por vencidos fácilmente, y un día, acompañados de Clemente de Marco, fuimos a visitarle y le explicamos con detalle el funcionamiento de la escuela y el programa. Al terminar la explicación, que siguió casi mudo, nuestro interlocutor se mantenía en sus trece: “Mis hijos, de eso de abonar, saben, y saben más que yo; saben labrar mejor que yo; de manejar el tractor, lo manejan mejor que yo, por lo que si en la EFA les van a dar esa formación, no vale la pena que vayan”. Clemente y yo -continúa Aurelio- pasamos a ampliarle la información y le hablamos de la formación humana y moral que se daba en la EFA. Al acabar preguntó:

«Entonces, ¿les enseñarán en la EFA a coger el madero por la punta gorda? Ante nuestra extrañeza, y señalando una pequeña caseta que veíamos desde nuestra posición, indicó: ¿ven aquel cobertizo? Pues lo hemos estado reparando y mientras que a ellos les tocaba la parte menuda, a mí me tocaba la gorda, la que más pesa. Pues si en la EFA les enseñan a coger el madero por la parte gorda, mis hijos irán a la EFA».

»Otra persona que colaboró en la creación de las EFA en Aragón fue Luis Carbonell, agricultor, quien, una vez conocido el objetivo de las EFA, desde el primer día puso a nuestra disposición una furgoneta que poseía. Esta furgoneta le sirvió a Carlos Marqués, joven agricultor de Alfaro, que contaba entonces veintiocho años de edad, para trasladarse a las localidades próximas a explicar qué era la EFA y animar a las familias a que enviaran a sus hijos. De cómo era la furgoneta, baste decir que un día, al pasar entre unos maizales, Carlos perdió una de las ruedas traseras y no se dio cuenta de que iba sobre tres ruedas hasta llegar al pueblo, donde alguien se lo dijo. Carlos, a quien conoció Felipe González de Canales cuando era estudiante de Derecho, llegó a ser director de la EFA durante unos años y más tarde fue presidente de la cooperativa de Casetas, que facturaba en aquel entonces trescientos mil kilos de pienso diarios.

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»Fui en una ocasión -continúa Aurelio- a hablar con Gregorio Langarita, jefe de la Hermandad de Salillas de Jalón, al que conocía porque uno de sus hermanos había hecho la mili conmigo. Era un hombre con mucho prestigio y yo acudía a él para hablarle de las pretensiones de la EFA, de sus objetivos y funcionamiento y para animarle a colaborar. Le hablé de nuestra decisión de crear una en Épila, y a Gregorio le entusiasmó la idea. Pese a ofrecernos su ayuda y su dedicación, al despedirnos, se me quedó mirando un momento y me dijo: – Yo creo que estás un poco loco.

»Pero la locura es contagiosa, y Gregorio también pareció volverse un poco loco: durante un montón de años, ha estado conmigo en el comité gestor y ha dedicado tiempo y dinero a sacar adelante las EFA en Aragón. Cuando Gregorio iba a un pueblo se enteraba de quién era la chica o el chico alumno de la EFA, hablaba con ellos, se enteraba de cómo funcionaban los monitores y monitoras, hablaba largamente con las familias de los alumnos y alumnas, preguntaba si estaban contentos del funcionamiento de la escuela, qué tal se comía… Se enteraba de todos los detalles. Cuando venía a la sesión del comité gestor, sabía de aquella EFA más que nadie, lo sabía todo, y de primera mano, porque se había enterado a través de los más interesados.»

Otro miembro del comité gestor fue José María Leciñena, marido de una mujer integrada en el grupo CETA de Tauste, que estuvo durante muchos años de presidente. José María había fundado la cooperativa de Tauste, y a los catorce o quince años se retiró voluntariamente, para dejar paso a gente joven. Después, sin embargo, al ver el giro que estaba tomando la cooperativa a causa de las medidas de política agrícola tomadas en Bruselas, cogió de nuevo las riendas y volvió a sacarla adelante.

Tanto Gregorio como José María, como tantos otros que intervinieron en los comités gestores, eran personas con una gran generosidad, que aceptaron el encargo a sabiendas de que no recibirían nada a cambio. Unas veces, estas personas pertenecían al Opus Dei, y en otras ocasiones no; es más, muchas de estas personas del comité gestor ni entendían al principio, el sentido de la promoción social, profesional y cristiano que pretendía la EFA. Con independencia de su pertenencia o de su mayor o menor afinidad con el Opus Dei, ponían todo su entusiasmo y dedicación para sacar adelante las EFA de una región o de una provincia, convencidos de la labor social y del beneficio que, a través de los chicos y chicas, se hacía a la familia completa.

»Quiero contar también –señala Aurelio- un detalle de generosidad de uno de los miembros del comité gestor de Épila. Cuando Luis Carbonell retiró la furgoneta porque no daba más de sí, se hacía necesario comprar coches para los monitores y, por consiguiente, había que encontrar dinero. Resulta que Clemente, un vecino, vendía maquinaria agrícola. Le compré una guadañadora del FORPPA, me hizo la letra, yo se la acepté y nos dieron así en el banco las treinta mil pesetas que necesitábamos es ese momento para comprar el coche que necesitaban los monitores para trasladarse desde la EFA a visitar a los alumnos y sus familias en localidades vecinas durante la alternancia. Mi hija Teresa terminó la carrera de Filosofía y Letras y se fue de monitora a la EFA de Alcázar de San Juan. Luego vino a la de Pinseque. Ahora es directora de la EFA de Épila, que en la actualidad tiene un número de alumnas completo.»

Extraído de: González de Canales, Felipe; Carnicero, Jesús, Roturar y sembrar. Así nacieron las Escuelas Familiares Agrarias (EFA), Madrid, Rialp, 2005, pp. 103-109.

El proyecto de las EFA ha ido creciendo hasta contar en la actualidad con 26 EFA en España, y se ha extendido a otros países. En estos años, el desarrollo de los núcleos rurales y los cambios en la legislación educativa, han hecho que la oferta educativa de las EFA se haya adaptado y diversificado. En la actualidad ofrecen estudios de secundaria y formación profesional de grado medio y superior en numerosas especialidades: restauración, automoción, vitivinicultura, gestión y organización de los recursos naturales, educación infantil, forestales, producción agropecuaria, etc.