Adolescentes: para padres y educadores

«Algunas veces me siento incómoda en el papel de madre; me siento inepta, me parece que educo de forma descuidada, que hablo poco, que dejo escapar en vano estos preciosos años de días de convivencia con mis hijos, ya tan mayores. Los miro y los encuentro amables y guapos y pienso en el vacío que dejarán en mi casa cuando se vayan. Los miro y me parecen aún indefensos y quisiera poder asumir la carga de dolor que la vida les reserva, a ellos como a todos. De algún modo, me siento responsable de su felicidad y me pregunto si han recibido las armas y los instrumentos necesarios para hacer elecciones conscientes, para ser aguerridos en las pruebas, fuertes en las desilusiones, generosos en el éxito, para amar y vivir en el significado», dice Marisa Madieri (1938-1996), en su novela Verde agua.

Para realizarnos tenemos necesidad de otros. Por ello es tan importante la educación, que se nos revela todavía más apremiante si tenemos en cuenta que, en la actualidad, la coherencia personal supone ir contracorriente en muchas ocasiones. Hay que iluminar la inteligencia, fortalecer la voluntad y limpiar los sentimientos del egoísmo. En esta gran tarea, los padres y los maestros deben “cortar” todo lo que pueda empequeñecer o rebajar a los hijos; pero nunca pueden prescindir de su libertad sin atentar gravemente contra la dignidad de la persona humana.

Se debe buscar, por parte de los educadores, no tanto vencer, muchas veces ni siquiera convencer, sino persuadir: se quiere presentar una propuesta que mueva a la acción.

«Cuando alguien está persuadido de algo no sólo entiende el sentido literal de las palabras, sino que lo refiere a sí mismo, probándolo o rechazándolo; de este modo, la enseñanza suscita una acción» escribe en su tesis doctoral el filósofo Jesús María lzaguirre. La enseñanza ciertamente informa, pero lo que realmente debe conseguir es persuadir, porque sólo la propia acción del educado puede ser el término de la educación. Y así la persuasión nunca puede acabar en indiferencia

Federico Luppi, un actor argentino afincado en España, hace una brillante exposición (sobre nuestra tarea de guiar en la vida a los jóvenes), en la película Lugares comunes. Los padres y educadores quizá debiéramos tener presentes, a menudo, sus palabras:

«El año que viene casi todos ustedes serán profesores. De Literatura no saben demasiado, pero lo suficiente para empezar a enseñar. No es eso lo que me preocupa. Me preocupa que tengan siempre presente que enseñar es mostrar. Mostrar no es adoctrinar, es dar información, pero dando también, enseñando también, el método para entender, analizar, razonar y cuestionar esa información.

Pónganse como meta enseñarles a pensar, a que duden, a que se hagan preguntas. Las mejores preguntas son las que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos, muchas son ya lugares comunes, pero no pierden vigencia: ¿qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?».

Mejor imposible - Tu haces que yo quiera ser mejor persona - copia

«Tú haces que yo quiera ser mejor persona». Jack Nicholson. Mejor… Imposible

1. EMPEZAR POR EL PROPIO EDUCADOR

En uno de sus artículos, Alfonso Aguiló habla de la experiencia transmitida por un adolescente:

“Me gustaría que mis padres, y que usted mismo, supieran ponerse más a mi nivel”. El que remarcaba esas palabras con seriedad pero con des­ envoltura era un alumno de diecisiete años resuelto y reflexivo, al comienzo de la primera sesión de tutoría de un curso reciente.

“Me molesta que los adultos hablen siempre con tanta seguridad, que adopten siempre la posición de expertos conocedores de todo. Se lo digo a usted desde el principio, y no para ofender, de verdad. Me gustaría que los adultos se bajaran un poco de su pedestal, que no se dirigieran a la gente joven siempre dando órdenes o consejos.

Sólo pido que nos escuchen de vez en cuando, que admitan al menos que también podemos tener ideas inteligentes, que se nos reconozca un plano de cierta igualdad, que nos hablen con más claridad. Aunque no lo parezca, nos fijamos bastante en ellos, más de lo que se creen. Lo que me gustaría es que sus reflexiones no fueran siempre como consejos encubiertos, y que procuraran hacerse cargo de lo que realmente nos sucede”.

Aquella conversación recuerda lo que escribió Romano Guardini: “el factor más eficaz para educar es cómo es el educador; el segundo, lo que hace; el tercero, lo que dice”. Son importantes los consejos que se dan, o las cosas que se mandan, pero mucho antes está lo que se hace, los modelos que se presentan, las cosas que se valoran, y cómo unos y otros se relacionan entre sí

Es básico que el adolescente pueda contar con modelos de identidad coherentes y atractivos que le sirvan de referentes de la conducta. Los padres no pueden pretender que sus hijos practiquen cosas que ellos no practican. El comportamiento de los progenitores es el primer esquema que los adolescentes captan y someten a juicio, al principio de modo severo y, según pasan los años, suavizando su postura, lo que permitirá que las aguas vuelvan a su cauce y que la valoración de los padres resulte más ecuánime y comprensiva.

De mayor importancia que esta o aquella decisión concreta es la persona del educador. Un buen maestro influye más con su vida que a través de sus lecciones. Es modelo para otros que, mirándole a él, se encuentran a sí mismos. Un antiguo dicho popular afirma: “búscate un maestro al que puedas apreciar más por lo que ves de él que por lo que le oyes decir”.

Transmitimos lo que pensamos, pero sobre todo transmitimos lo que somos, porque lo que de verdad conmueve, convence, impacta y estimula, es la personalidad del otro.

Una historia ya muy antigua cuenta que, un día, una madre desesperada buscó a un rabino que tenía fama de sabio y le preguntó:

“¿Qué puedo hacer? Mi hijo es completamente dependiente de sus compañeros. Todo el día se compara con ellos y hace lo que ellos deciden. No tiene voluntad propia. ¿Cómo puedo cambiarlo?”.

El rabino respondió:

“No tienes que cambiar a tu hijo, sino a ti misma. Los problemas de tu hijo reflejan tus propios problemas. ¡Cambia tú!’

Este juicio, por supuesto, no se puede ni se debe aplicar a cualquier familia que tiene dificultades con los hijos. Sería una grave injusticia, ya que nuestra sociedad está llena de “coeducadores” más o menos escondidos, como la televisión, las redes sociales de Tuenti o Facebook, la publicidad, la moda, el cine, la prensa… Pero sí se puede aplicar al conjunto de una generación. Los jóvenes expresan, muchas veces con claridad, las actitudes profundas de los mayores: si los adultos gozáramos de una mayor libertad interior y de una sana independencia del entorno, los hijos serían distintos, más independientes y más libres.

Por tanto, conviene que crezcamos en la conciencia de nuestra responsabilidad como educadores. Todo lo que hacemos influye en el ambiente que nos rodea y, especialmente, en nuestros alumnos o hijos. No podemos quejarnos de las coacciones propias de las sociedades de competencia y de consumo, porque nosotros mismos las creamos o, al menos, contribuimos a que se mantengan. A veces, pasan cosas verdaderamente ridículas: se identifica el éxito con un perfume, y la libertad con teñirse el pelo de un color extraño o tatuarse (lo que, hoy en día, no es ya nada original). Hace falta liberarse de la manipulación del entorno, mostrar un rostro único y adquirir un estilo propio de vida. Una persona que tiene el valor de ir contracorriente, sin endurecerse o despreciar a los demás, puede arrastrar a muchos.

Los educadores también somos hijos de nuestro tiempo. Si queremos orientar eficazmente a otros, tenemos que saber discernir lo verdadero y valioso de lo que es mero brillo y propaganda. No tenemos que ser perfectos, pero sí auténticos.

“Nunca he sido perfecto, pero soy real”. Ese es el lema del Proyecto Nacional de Relatos en el que Paul Auster recopiló más de 4.000 relatos verídicos y breves de la vida americana. Ese podría ser también el lema de muchos educadores.

No importa que tengamos defectos y debilidades; éstos pueden, incluso, hacernos más amables. Pero debemos luchar sinceramente, y con sentido positivo, por vencer, poco a poco, nuestras falsas dependencias.

Sin ser perfectos, o perfeccionistas, sí que podemos, sin embargo, ser una referencia válida y coherente para ellos, porque ellos, más tarde, son los primeros que disculparán nuestras carencias:

“Cuando la gente me pregunta si Michael Sullivan era un hombre bueno, o si en él no había ni una pizca de bondad, yo siempre doy la misma respuesta; sólo les digo: era mi padre”. Así habla Michael Sullivan Jr. (Tyler Hoechlin) de su padre (Tom Hanks) en Camino a la perdición.

En esa decisiva batalla que el educador debe dar contra la mediocridad de sus alumnos o hijos, hay dos tipos de lenguajes:

  • Uno es demoledor, tajante. Es una actitud que fomenta voluntarismo, crispaciones estériles que cansan, que suelen resultar inútiles y vacías de significado, cuando no contraproducentes.
  • El otro estilo es más humano. Está también dirigido al adolescente, pero por alguien adulto que tiene, además, una amplia experiencia de su limitación y fragilidad. El adulto sabe bien que, para conseguir algo, no basta sólo con desearlo con intensidad, sino que, además, tiene que enreciar su voluntad, buscar ayuda, hacer acopio de humildad para superar los momentos bajos, y, sobre todo, poner en su vida referencias suficientemente altas y que merezcan la pena.

teresa wright & dana andrews - the best years of our lives 1946
«Nuestra familia mantiene unas relaciones poco corrientes: nos contamos nuestras cosas» Teresa Wright. Los mejores años de nuestra vida

2. LA COMUNICACIÓN ENTRE PADRES E HIJOS

“Hablar constantemente no implica que nos estemos comunicando” dice el actor Jim Carrey en una de sus películas. Y es que para que funcione una comunicación adulto-adolescente, no sólo es preciso que el adulto hable -por muy convincente que sea-, sino que también se necesita que el adolescente escuche. Las maneras y los momentos de comunicar son cruciales.

Muchos adolescentes dicen que sus padres o profesores los rallan, que no se puede hablar con ellos, que sólo saben echar broncas y que no les tienen en cuenta para nada; los padres, por su parte, se quejan de que sus hijos no los escuchan, que sólo responden con monosílabos, que no entran en razón. Las relaciones humanas se sustentan en el diálogo; sin embargo, la comunicación entre padres e hijos deja mucho que desear en ocasiones. No hablan con la frecuencia necesaria y, cuando lo hacen, no se entienden. Los intentos por llevar a cabo una conversación acaban muchas veces en monólogos estériles, en una pelea absurda o en una bronca monumental.

Muchos padres suscribirían la siguiente frase de Eugene P. Bertin, médico e investigador francés:

“La madre naturaleza es maravillosa. Nos concede doce años para que desarrollemos amor hacia nuestros hijos antes de convertirlos en adolescentes”.

Según una encuesta realizada por la Universidad Autónoma de Madrid en 2005, el 40% de los padres afirma que discute con sus hijos con mucha o bastante frecuencia por el orden de la habitación, el 28% por la forma de comportarse y el 26% por la ayuda en las tareas domésticas. A estos tres ámbitos les siguen las trifulcas generadas por las notas y los estudios (23%) y superan con creces las cuestiones que parecen más polémicas como: la alimentación (16%), la forma de vestir, la ropa y el peinado (11%), la hora de volver a casa (8%), las amistades y los gastos (6% en ambos casos) y temas referentes a las creencias religiosas (4%).

Padres e hijos se quejan con razón: falla la comunicación. Es importante advertir que, para que la comunicación sea eficaz, es necesario el esfuerzo de los hablantes por colaborar. Vale la pena que nos esforcemos por cooperar para que la comunicación sea posible; en ello nos jugamos demasiado.

Hemos de ser conscientes de que no por mucho “rallar” se educa más ni, por supuesto, mejor. La forma de hablar con un hijo o una hija adolescente no puede ser la misma que se utilizaba hace unos años cuando era un niño o una niña. Ahora están en una edad diferente, llena de transformaciones y de nuevas experiencias, su universo ha cambiado y a los padres ya no los ven igual que antes. Esos cambios también los percibió en sus hijos James T. Adams, historiador americano (Premio Pulitzer en 1921), cuando expresó:

“Cualquier astrónomo puede predecir con absoluta exactitud el lugar en que cada una de las estrellas del universo estará a las 11:30 de esta noche. Sin embargo, no puede hacer la misma predicción respecto a su hija adolescente”.

Los padres deben tomar conciencia de ello, adaptarse a la nueva situación y ayudarles a madurar. Para ello, han de hacer un sobreesfuerzo consistente, sobre todo, en conocer el mundo adolescente y cambiar el registro comunicativo.

A un adolescente no le podemos exigir que se comporte de forma estable, madura, calmada, porque entonces no sería un adolescente. Tenemos que contar con esta dificultad, tenemos que admitir que, si no somos nosotros los que aprendemos a hablar con ellos, poco les podremos enseñar.

¿Qué es lo que hacemos mal? Esta suele ser la pregunta que se hacen muchos padres. Se sienten fracasados, porque no logran quizá entablar un diálogo fluido con sus hijos y son conscientes de que, si se pierde la comunicación, la educación se hace muy cuesta arriba. Algunos, sumidos en el pesimismo, tiran la toalla cuando sus hijos llegan a la adolescencia. Quizá porque no nos damos cuenta de que ya no son niños y que debemos cambiar de registro. Con los hijos adolescentes se puede hablar, claro que sí, pero cuesta. Ellos ponen las barreras propias de su edad; lo que nosotros tenemos que hacer es superarlas

A continuación, citando el libro No me ralles, exponemos los consejos que los autores dan sobre la comunicación de los adultos con los adolescentes:

DEBEMOS EVITAR ALGUNOS ERRORES:

a) Ignorar la actitud del hijo por miedo al enfrentamiento

El sentido común nos irá dictando en cada caso cuándo una determinada conducta merece ser atajada con prontitud o vale más pasarla por alto. A veces ocurre que hacemos la vista gorda en cuestiones importantes y nos obcecamos en detalles insignificantes. Nos ponemos nerviosos (demasiado, quizá) por el volumen de su equipo de música u ordenador y, en cambio, permitimos que llegue a horas intempestivas. Justamente este miedo al enfrentamiento es el que suele provocar los enfrentamientos.

Un conflicto es una ocasión para educar. Si lo eludimos estamos validando lo que ha hecho o ha dicho; si lo silenciamos, lo damos por bueno. No querer enfrentarse a los hijos supone no afrontar lo que es ser padre. Pasar por alto actitudes que parecen inadmisibles es pasar por alto el hecho mismo de ser padres. De esa forma se hace de los hijos “huérfanos de padres vivos”, en frase de Emilio Calatayud (magistrado español, juez de menores de Granada conocido por sus sentencias ejemplares). Los hijos se convierten en eso si no se está donde se deberla estar y no se ejerce la autoridad que la maternidad o la paternidad otorga.

b) Hablarle cuando estamos nerviosos

Por lo general, es lo que hacemos. Vamos callando y aguantando hasta que ya no podemos más. Tomar decisiones cuando estamos nerviosos, y más en el ámbito educativo, nos hace decir y hacer cosas que realmente no controlamos. En esas circunstancias lo mejor es calmarse, porque lo normal es que la situación se nos vaya de las manos. Nos podría ocurrir como a aquella madre que decía que castigó a su hijo sin paga hasta cinco años después.

c) No respetar su intimidad

Los adolescentes son muy celosos de su intimidad, sobre todo con sus padres. Aunque veamos incongruencias en su comportamiento respecto a este tema, se debe andar con pies de plomo para no invadir su espacio. Entrar en su habitación para charlar es una buena forma de empezar, pero hay que tener en cuenta que estamos en su terreno.
No hagamos de padres-policías. No parece recomendable someterle a interrogatorios intimidadores ni registrar su habitación, no parece apropiado husmear en sus cosas ni inspeccionar su ordenador. Podemos tener muchas sospechas sobre su comportamiento, pero el hijo no es un sospechoso al que hay que investigar, sino una persona con la que tenemos que hablar.

d) Decir siempre lo mismo

Así como cambiamos de canal cuando un programa nos resulta aburrido, de igual modo a los hijos les gustaría hacer zapping cuando les repetimos siempre lo mismo. Como no lo pueden hacer, se limitan a desconectar.

e) Sermonear

Muchas veces, la comunicación se reduce a decir lo mismo de siempre pero con mayor énfasis, gritando y perdiendo los nervios. “Eso me pone a cien y le digo de todo”, confiesa n algunos padres. Si hablamos cuando hemos perdido los estribos, ya no dialogamos, sino que sermoneamos.

f) No escuchar

Los adolescentes sienten que sus padres no los entienden. Suelen decirlo en casi todas las entrevistas. “iCómo va a entenderme, si no me escucha!’ suelen decir. Saber escuchar es el primer paso para poder comprender, porque no sólo se trata de oír al otro, sino de prestarle atención, de tenerlo en cuenta, de valorar sus opiniones… y, sobre todo, de ponerse en su lugar. Otros chicos lo dicen de otra manera: “tú no conoces a mi padre…”, “mi madre se pondrá como una loca si le digo esto…”.
Pongámonos en el lugar de un adolescente: si conociéramos a alguien que no se atreve a decirnos las cosas a la cara, que nos habla estando nervioso, que no respeta nuestra intimidad, que siempre dice lo mismo, que nos sermonea continuamente y que no sabe escucharnos, ¿hablaríamos con esa persona?, ¿depositaríamos en ella nuestra confianza?, ¿le pediríamos ayuda? Seguramente, no.

EL DIÁLOGO CON ADOLESCENTES TIENE UNOS REQUISITOS PROPIOS:

a) Buscar el momento adecuado

No cuando a los padres les va bien, sino cuando los hijos lo necesitan. Se puede estipular un momento al día para hablar, pero hay que estar preparados siempre, porque quizá tenga que contar algo en el momento menos oportuno. En tal caso, hay que dejarlo todo y atenderle, porque, aunque en ese preciso instante tengamos cosas muy urgentes que hacer, seguro que no hay nada más importante. Si se deja pasar la ocasión, porque “ahora no, que estoy ocupado” o “después me lo cuentas, que tengo trabajo’: quizá ésta habrá desaparecido para siempre. Por eso, es decisivo que los hijos sepan que cuentan siempre con sus padres, que están ahí, y que lo están realmente. Todo se reduce a dedicarles tiempo: es lo que más necesitan de nosotros. Que no nos pase como a ese chico que preguntó a su padre cuánto ganaba a la hora. ”4o euros”, respondió el padre. Su hijo dijo entonces: «¿me los prestas? Quiero hablar contigo durante ese tiempo»

b) Respetar su intimidad

Aceptar las confidencias que nos quieran hacer, sin forzar, y no desvelarlas.

e) Serenidad

A nosotros, que somos los adultos, nos corresponde poner serenidad. Es importante comenzar nuestro diálogo siempre con un comentario positivo, mirándole a los ojos. Dar oportunidades para que se desahogue, de que exprese sentimientos. También respetemos los silencios.

Si la primera vez que un hijo hace una confidencia un poco fuerte o delicada, su padre o madre se echa las manos a la cabeza, arma un escándalo o le castiga severamente, probablemente esa sea la última vez que se sincere con ellos. Muchas veces será difícil mantener el tipo cuando uno se entere de algo que han hecho los hijos; sin embargo, hay que hacer de tripas corazón y guardar la compostura. Serenidad ante ellos; ya desataremos la caja de los truenos en privado.

d) Aceptar sus formas

No podemos esperar que, en la relación con nuestros hijos adolescentes, todo marche como una balsa de aceite. La serenidad, ya lo hemos dicho, la tenemos que poner los adultos; los hijos tendrán probablemente salidas de tono, malos modales, levantarán la voz, no respetarán las normas del discurso, harán desplantes, etc. Pretender una conversación afable con un hijo o una hija adolescente es no entender su registro.

Se tiende a dar más importancia a la forma que al contenido; de esa forma se malgastan las energías en discutir sobre formalidades y perdemos una nueva ocasión para educar.

Ocurrió en una entrevista con un padre y su hijo. En cierto momento, el adolescente perdió los estribos y comenzó a decir barbaridades. El padre callaba. El chico acabó con una frase rotunda que resonó en la habitación: “a gusto cambiaría de padre”. El padre, que había permanecido sereno y callado escuchan­ do a su hijo, le miró a los ojos y le dijo con cariño: ”pues yo por nada del mundo cambiaría de hijo”.

e) Darle razones de peso

“el bebé necesita atenciones; el niño, limitaciones; el adolescente, razones’ dice Javier Urra en su libro-informe ¿Qué ocultan nuestros hijos?
En la película An Education, la frase que lanza a su padre la joven protagonista (Carey Mulligan) es la clave de toda la historia: “ya no basta que nos eduquéis, ahora es necesario que sepamos por qué lo hacéis’.

Pero razones que tengan peso para él, no para nosotros. Puede que un argumento nos parezca a nosotros muy convincente, y, sin embargo, para un adolescente no tenga ninguna fuerza. Para un adolescente “estudiar para llegar a ser algo en la vida” tal vez no tenga tanto peso como, por ejemplo, “estudiar para poder trabajar en lo que te gusta”. Hay que ponerse en su lugar y dialogar. Mediante el diálogo se razona y se hace razonar.

f) Motivación dialogada

Hay que aprovechar el diálogo para dar criterios a los hijos. No se trata de hacer de cada conversación un sermón o una reprimenda, que generalmente no sirve para nada, porque el hijo ya está sobre aviso. Los típicos sermones o broncas se parecen a esa tormenta que, como se ve venir, nos da tiempo a refugiarnos o a coger el paraguas: te puedes mojar la primera vez, pero no las sucesivas. Siguiendo con la comparación, las conversaciones con los hijos adolescentes no deberían ser tormentosas, sino como una lluvia fina, que no logra alarmarnos lo suficiente como para buscar un refugio o sacar el paraguas, pero que acaba mojándonos. De esa manera los padres podrán ir sembrando valores y criterios en los hijos. Estaremos modulando su carácter, pero sin que ellos se den cuenta y con menos conflicto que de otra manera.

La educación es una actividad mucho más compleja que el simple adiestra­ miento y requiere, ante todo, diálogo. Hay que crear el ambiente para el diálogo. Debemos buscar el entorno adecuado para que nos escuche. No conseguimos nada hablando cuando está enfadado, o cuando lo estamos nosotros, cuando tiene prisa o cuando está preocupado por otras cosas. Se trata de propiciar el encuentro. De esta manera facilitaremos que se implique. Hay que convencerle de que es capaz de mejorar su actitud o su comportamiento en una cuestión determinada. No es posible cambiar o mejorar si uno mismo no está convencido de que lo puede lograr. Como padres, hay que buscar la forma de hacerle ver que es capaz de conseguirlo. En este sentido, es importante conseguir que acabe todo lo que empieza. Dejar las cosas a medias equivale a no hacerlas. Se trata de una norma que debemos aplicar en todos los ámbitos.

Por último, hay que ayudarle. Demostrarle en todo momento que no está solo, sino que cuenta con nuestro apoyo. Según los casos, buscaremos ayudas concretas.

g) Establecer pactos

El “regateo” puede ser una forma de conversación efectiva. Aquí hay que saber ceder en lo superficial, para “ganar” en lo esencial. Quizá merezca la pena “cambiar” un corte de pelo por un domingo con la familia. La cuestión es que, cuando se pacta, se produce un compromiso, y el compromiso une.

Revisemos la forma que tenemos de comunicarnos con los hijos o alumnos adolescentes y veamos qué expresiones utilizamos más.

Dificultan la comunicación:

Estoy harto de ti; eres incapaz de hacerlo; aprende de tu hermano; me matas a disgustos; siempre estás molestando; cada día te portas peor; no sé cuándo aprenderás; así no llegarás a nada; fuera de mi vista; no te aguanto.

Propician el diálogo:

Me siento orgulloso de ti; estoy seguro de que lo harás; vemos que te has esforzado; comprendo lo que te pasa; dime qué te preocupa; seguro que mejorarás; te felicito; conseguirás lo que te propongas; me gusta estar contigo.

Los padres pueden reaccionar de diferentes maneras ante la rebeldía, la irritabilidad, la agresividad, la confrontación, los desaires… propios de su hijo o hija adolescente.

tabla 1

También nos parece interesante el siguiente cuadro sobre los efectos que producen, en los adolescentes, los procedimientos de sus profesores y padres:

tabla 2

Liam Neeson - El reino de los cielos - copia
“Soy lo que soy, alguien debe serlo’ Liam Neeson. El reino de los cielos

3. RESPETAR LA ORIGINALIDAD DEL ADOLESCENTE

Jutta Burgraff explica, en su libro Libertad vivida, que el amor es decisivo para la salud y maduración de todo ser humano, desde el momento de nacer hasta el último aliento. En el siglo XVIII, el rey prusiano Federico II reflexionaba sobre el siguiente fenómeno: un niño francés -decía el soberano- habla francés, mientras un niño inglés habla inglés y un niño alemán habla alemán. Quiso saber qué idioma hablaría un niño a quien nadie dirigiese una palabra. Con esta intención, hizo buscar en la ciudad a bebés recién nacidos que habían sido abandonados, y los mandó reunir en un hospital con instalaciones magníficas. Dio órdenes muy precisas a las enfermeras: tenían que cuidar con esmero la alimentación, el sueño y la higiene de los bebés, pero les estaba tajantemente prohibido hablar, mirar o sonreír a los pequeños, ni mostrarles el más mínimo afecto. En una palabra, debían actuar como autómatas, para que ningún bebé les cogiera “simpatía”; de este modo -pensó el rey-, sería posible descubrir el “lenguaje originario” de la humanidad… Pero, a pesar de todos los esfuerzos materiales, los bebés no hablaban. Todo lo contrario; se debilitaron cada vez más, enfermaron y, después de algún tiempo, todos murieron… Porque nadie puede vivir sin amor.

En sus primeros años de vida, todo niño realiza un descubrimiento básico que será de vital importancia en su carácter: o “soy importante, me entienden y me quieren” o “estoy por medio, estorbo”. Bajo los cuidados de personas solícitas se forman jóvenes estables, cariñosos y responsables. Pero si faltan esos cuidados, puede ocurrir que los jóvenes luego no sean capaces de establecer relaciones, ni de trabajar con seriedad. Y, sobre todo, no podrán utilizar su libertad rectamente.

Es preciso que se trate de un amor que no ate, sino que permita al niño ser plena­ mente otro, que es tanto como decir ser verdaderamente libre.

Algunos se comportan como el tabernero Procrusto en la mitología griega. Procrusto vivía en el camino de Megara a Atenas, dedicado al pillaje. Según la mitología, tenía la costumbre de apresar a cuantos transeúntes se acercaban a sus dominios. A los infelices viajeros, además de robarles todas sus pertenencias, los hacía tumbarse sobre un lecho. Procrusto poseía dos lechos, uno corto y otro largo, y obligaba a los viajeros a tenderse en uno de ellos. A los de talla alta los instalaba en el lecho corto y, para adaptarlos a la cama, les cortaba los pies. A los de baja estatura los acostaba en el lecho largo, y estiraba violentamente las extremidades para alargarlas y adaptarlas al catre.

Del mismo modo, hacemos violencia a un tulipán cuando lo tratamos como si fuera un roble.

Cuando un niño no es tomado en serio, en su originalidad, reacciona con desconfianza, se siente herido en su interior y se cierra ante los demás. No puede desarrollar una sana conciencia de la propia dignidad. Por eso no es capaz de abrirse a los demás. Quizá tenga un egoísmo escandaloso, pero ese egoísmo es justificado: quiere tener más para ser más.

“La historia de la decadencia de cada varón y de cada mujer habla de un niño maravilloso, valioso, singularísimo y con muchas cualidades que, en un momento dado, perdió el sentimiento del propio valor”, dice Jutta Burggaf.

Pero cuando se respeta el propio ser, la propia originalidad, el niño puede adquirir una alegre autoestima, que posibilita la educación. No se puede modelar el hierro frío, pero, cuando se calienta, es posible forjarlo. En un clima de aceptación, donde el amor estimula lo mejor que hay en los demás, es donde se despiertan las ganas de aprender. La libertad crecerá en la medida en que se transmitan conocimientos verdaderos del mundo, y se enseñe a los jóvenes a hacer de la inteligencia la guía de su conducta.

Respetar al otro no es sinónimo de una permisividad equívoca. La libertad no consiste en dejarse llevar por el impulso del momento, sino todo lo contrario: la persona libre es la que no vive prisionera de sus cambios de humor, ni de las condiciones atmosféricas; no es presa de su sensibilidad en lo que tiene de más superficial: es la que toma decisiones justas -aunque le duela la cabeza-, y es capaz de orientar su vida hacia una meta grande que no varía según las circunstancias.

La conclusión de este apartado nos la brinda Jorge Bucay: “el verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea quien es”.

morfeo-960x623 - copia
«Yo sólo puedo mostrarte la puerta, tú debes ser quien la atraviese» Lawrence Fishburne a Keanu Reeves. Matrix

4. UN AMOR QUE ACOMPAÑA

Con los padres podemos repetir la pregunta planteada al adolescente: quieren cosas pero, ¿saben lo que quieren? A veces parece que les basta con que no haya conflictos en casa, sin importar que el hijo alcance o no la excelencia; prefieren a alguien que no dé problemas antes que un hijo con personalidad. O le cubren de bienes y caprichos pensando que así lograrán su afecto. Pero, así, el niño puede acabar convirtiéndose en un tirano, que vive en la ficción de un mundo fácil, o puede recriminar a sus padres al interpretar esa abundancia de regalos o de dinero como u na poco sutil forma de chantaje emocional, y quizá no le faltará razón. Si una recompensa es demasiado inmediata, impide el desarrollo de la inteligencia y el ejercicio de la propia libertad. El placer instantáneo, la recompensa apresurada, impide que las personas se atrevan a afrontar proyectos ambiciosos, evita que amplíen sus horizontes.

“Lo que posees acabará poseyéndote”, dice con razón Brad Pitt en una de sus películas, resumiendo lo que decimos.

Es importante transmitir la satisfacción por el trabajo bien hecho. No se trata de dar recompensas materiales, de establecer un “salario” compensatorio, sino de integrar en su manera de hacer las cosas el hacerlas bien. Lógicamente, hemos de exigir atendiendo a su edad y sus circunstancias, así como sacrificar la cantidad por la calidad.

Algunos padres prefieren la seguridad a la vitalidad. Al parecer, no quieren que sus hijos salgan de la infancia; los siguen aún tutelando, cuando hace ya tiempo que debían andar por cuenta propia. En efecto, aceptar el riesgo de la libertad de los hijos constituye una de las pruebas más radicales en la vida de los padres: querrían evitar a los suyos todo dolor, todo mal. Pero tienen que convencerse de que eso no es posible. Si encierran a sus hijos en una torre de marfil, les hacen un triste servicio: impiden, quizás, el llanto, pero también la risa y el gozo; ponen obstáculos a que ellos conozcan la vida, a que vivan sus propias experiencias y crezcan hacia la madurez.

Un adolescente que es tratado continua­mente como un niño pierde la confianza en sí mismo o en el educador; y se vuelve hipócrita o testarudo, según sea su temperamento.

Sin embargo, esto no quiere decir que los padres deban ceder ante cualquier capricho de los hijos. Pueden y deben poner límites razonables, según la edad y las circunstancias específicas de cada uno.

Respetar profundamente la libertad del hijo no significa distanciarse de él hasta el punto de caer en la indiferencia: significa enseñarle a vivir según su dignidad, a ser libre, a tomar decisiones y a sentirse responsable de las propias acciones.

A pesar de la habitual frialdad o indiferencia que los adolescentes muestran ante sus padres, les gusta, sin duda, escuchar reconocimientos como el que Anthony Hopkins hace a una de las coprotagonistas de sus películas (Jodie Foster): “Clarice, el mundo es más interesante con usted dentro”.

jodie foster hopkins

5. EJERCER UNA SANA AUTORIDAD

Un modo demasiado severo de actuar de los educadores ejercita los sentimientos menos elevados y reprime los más nobles en el niño o adolescente. Si no hay amor, las enseñanzas se quedan en la superficie: no tocan el corazón ni transforman por dentro. Un educador que no sabe más que inculcar obligaciones al niño (sin decirle nunca una palabra de sus derechos), formará tal vez hombres sumisos, pero de muy pocas convicciones y de escasos arranques.

matar-a-un-ruisenor-gregory-peck-500x3881
«Hijo, hay muchas cosas feas en este mundo. Me gustaría poder evitar que las vieras, pero no es posible» Gregory Peck. Matar a un ruiseñor

Hoy en día, el término “autoridad” es muy poco popular porque, al pronunciarlo, muchas personas recuerdan intentos de imposición. Pero se trata de un equívoco: se dice autoridad, y se piensa en autoritarismo. Autoridad significa “incrementar”, “hacer crecer”. Autoridad es quien hace crecer, y no alguien que impone una pesada carga que impide el desarrollo. El encuentro con una autoridad auténtica dilata y enaltece a la persona, en vez de asfixiarla o reprimirla. La ayuda a avanzar por el camino recto, a ser, cada vez más, ella misma.

Un adolescente es feliz cuando experimenta que los otros cuentan con él, cuando le dejan participar -gradualmente-, en las decisiones que se toman en la familia, o, ya en la edad adulta, en una comunidad o empresa.

En una obra de teatro, un empleado dice desilusionado a su jefe: “yo os ofrecía colaboración, y resulta que sólo me pedís obediencia”. ¿No es ésta una frase que muchos adolescentes podrían decir a sus padres y maestros?

Es importante pedir la colaboración de los hijos no sólo en las tareas de la casa, sino también en la toma de decisiones familiares. Por ejemplo, respecto a la organización de las vacaciones, al nuevo tapizado del sofá, al cambio de coche… De esa forma verán que se cuenta con ellos, y que su colaboración en los quehaceres domésticos es una parte de su participación en la vida familiar.

Ya vimos cómo, en esta etapa, el adolescente tiende a autoexcluirse de los planes familiares como si fueran ataduras que le impiden desarrollarse. Sería interesante a la hora de planificar estos planes tener en cuenta los siguientes puntos:

  • Pedirles su opinión y colaboración a la hora de planificarlos.
  • Pactar de manera que no se solapen los planes familiares con los suyos.
  • Avisarles con tiempo para que se puedan organizar.
  • Preocuparnos de que en estas actividades haya familiares de su edad y, si no, cabe la posibilidad de llevar a alguno de sus amigos.
  • Ser capaces, en alguna ocasión, de cambiar nuestros planes por ellos, de manera que en otra circunstancia sean ellos quienes cambien los suyos.
  • Hay que dejar claro que hay planes familiares inamovibles (Navidad, aniversarios, vacaciones…), pero también debemos tener la flexibilidad suficiente en aquellos otros que no lo son. Hay que inculcar a los hijos que la familia es lo suficientemente importante para dedicarle parte de su tiempo.

A su vez, es muy importante enseñarle a pedir las cosas por favor, a dar las gracias y a pedir perdón. Son formalidades que, si las integra en su forma de actuar, le ayudarán, qué duda cabe, a amortiguar las posibles respuestas espontáneas y a reflexionar antes, durante y después de la acción.

Para facilitar la obediencia, conviene explicar -en la medida de lo posible-, las razones que han llevado a una determinada decisión. La verdad debe mostrarse, no imponerse. En consecuencia, los padres deberían conversar mucho con sus hijos: según la capacidad de cada uno, tendrían que dar a conocer sus motivos con sencillez, y escuchar atentamente los argumentos de los jóvenes, hasta el final, pretendiendo captar también las palabras que ellos no dicen, aquellas que se quedan dentro y pueden ser las más importantes. Se trataría de: primero, escuchar y entender, para después dialogar. No utilizar el monólogo disfrazado de diálogo, cuando sólo nos escuchamos a nosotros mismos.

No es aconsejable, según J. Burgraff, que los educadores intenten, a toda costa, eludir cualquier conflicto, que pongan las debidas disposiciones para que, en su ámbito, no sufran la menor contradicción. Si prohíben la crítica por principio, y hacen callar a los jóvenes todo lo que ellos no entienden o no quieren aceptar, tal vez puedan presumir durante algún tiempo de una aparente paz; pero pagarán pronto un precio muy alto por ella: los jóvenes dejarán de decirles lo que verdaderamente les inquieta, y les aburrirán con conversaciones superficiales. Evitar el conflicto es evitar el contacto, es cerrarse a una relación confiada y amistosa.

El sentido etimológico de criticar no es el de contradecir o murmurar. La palabra crítica viene de “juzgar” o “discernir” por cuenta propia lo verdadero y lo falso, lo recto y lo torcido, lo bueno y lo malo. De ahí se sigue que la verdadera crítica es una cualidad muy valiosa, que cada persona madura debería tener: cada una debería estar en condiciones de escoger la verdad con pleno conocimiento, y de discutir con los que piensan de modo distinto. Tenemos que ser respetuosos con las opiniones y el sentir de los demás, por supuesto sin renunciar a las nuestras propias.

Si los educadores comprenden que hay rebeldías sanas -contra la hipocresía y la doblez, contra el orgullo, los prejuicios, los formalismos y la manipulación-, si son capaces de pedir perdón a los jóvenes por sus propios fallos y desaciertos (que siempre habrá), y si están dispuestos a aprender de todos, entonces ejercen su autoridad con madurez y eficacia, y los adolescentes encuentran en ellos un apoyo para afrontar sus problemas:

el sueño eterno - copia
-Te olvidas de algo -¿De qué? -De mí -¿Qué problema tienes? -Ninguno que tú no puedas solucionar. Humphrey Bogart (Philip Marlowe), y Lauren Bacall (Vivían Rutledge) en El sueño eterno.

6. CON COMPRENSIÓN Y HUMILDAD

Tenemos que comprender que cada uno necesita más amor del que “merece”; que cada uno es más vulnerable de lo que parece; y que todos somos débiles y podemos cansarnos. Un buen educador tiene la firme convicción de que, detrás de cada fachada, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Sabe que cada uno tiene un gran destino.
Hay que comprender, además, que nuestros alumnos o hijos “se vengan en la adolescencia -con sus misterios-, de los misterios que los adultos les hemos expuesto cuando eran niños. “Son cosas de mayores, que tú no entiendes’: y ahora ellos “son cosas de adolescentes’ Rostro impenetrable y mudo, ojos de piedra”. Así de claro lo explica Natalia Ginzburg en su libro Las pequeñas virtudes.

6.1. Ayudar en los fracasos

Cuando alguien ha obrado mal, es preciso advertírselo y corregirle. Se trata de un deber para cada persona, y especialmente para los que educan a los jóvenes. Toca a los padres observar si en las maneras del hijo hay malicia o mala intención, o si no son otra cosa que gajes de la edad. Con todo, la comprensión debe ir acompañada de la corrección continua. Tener unos límites claros (exigentes y tolerantes a la vez) y mantenerlos puede ser la mejor manera de ayudarles a ellos.

Si los padres no corrigen a sus hijos, por trampas, evitando las suspicacias. Es indiferencia, por pereza o por un cierto mejor buscar las causas inmediatas, no “temor a perderlos” -o también por una concepción errónea de la libertad o también para que no sufran”-, pueden hacerles un grave daño: pueden causar que ellos lleguen a una completa ceguera ante los valores, que pierdan el rumbo de su vida. La indignación e incluso la ira son reacciones normales y hasta necesarias en ciertas situaciones. Quien respeta la originalidad del otro no cierra los ojos ante las injusticias, no niega que existen errores.

michael-caine
« ¿Sabes para qué nos caemos Bruce? Para aprender a levantarnos» Michael Caine a Christian Bale. Batman Begins.

La falta de conciencia de la propia culpa es, quizás, uno de los rasgos más llamativos del hombre actual. Está de moda que los personajes públicos repitan la frase “no me arrepiento de nada’ cuando todos sabemos que cada día tenemos motivos para lamentar algunas de las cosas que hacemos. Vemos hoy, con más claridad que en otras épocas, que esta conciencia no se adquiere cuando no se enseñan las normas morales con insistencia, o cuando no se controla su aplicación con rigor. La no observancia de una ley externa puede llevar a una persona a tener miedo o pena, pero no le lleva a sentirse culpable en el fondo de su corazón. Esta conciencia sólo despierta frente a otra persona y en una relación de amor. Ciertamente, una vez que se despierta la conciencia de culpa, ésta se orienta según las normas éticas, pero su fuente más profunda no son estas normas, sino el amor.

Ahora bien, si alguien ha obrado mal, es preciso advertírselo. Como regla general, debemos ir siempre con la verdad por delante, decir las cosas claras y no intentar engañarle, para eso debemos evitar los dobles mensajes y las ambigüedades y hablar de lo que observamos, no de lo que nos parece. Pero es igualmente importante encontrar el momento oportuno y la manera y el tono adecuados para corregir. La verdad engendra odio cuando se endurece o petrifica. Es preciso tratar un solo tema cada vez, e intentar verlo desde su punto de vista. Abrumarle con muchas cuestiones, aunque sean importantes, no lleva más que a confundirle y a desanimarle. Es mejor ser específicos y breves. Y, a ser posible, no prejuzgar a nadie ni ponerle trampas, evitando las suspicacias. Es mejor buscar las causas inmediatas, no las remotas. Olvidarnos, a veces, de los errores del día anterior, centrarnos en las soluciones y llegar a un compromiso muy específico, incluso poniéndolo por escrito.

Los modos de decir la verdad cuentan tanto como la verdad misma. Serán distintos para cada persona y en cada situación. No hay “recetas” o soluciones hechas; cada persona es distinta de las demás: tiene sus propias necesidades y sensibilidades. Lo que para un joven no es más que un aviso claro y preciso, para otro puede significar un reproche insoportable que le hunde en la miseria. En ciertas ocasiones, puede descolocar completamente a una persona joven que alguien ponga al descubierto una falta suya, y puede ser un acto sabio cubrir esa falta con el silencio. Hay momentos en que ninguna palabra puede ser bien dicha o bien entendida.

Sin embargo, sea como sea la mentalidad concreta, conviene transmitir a todos los que han fallado de un modo u otro, que seguimos confiando plenamente en ellos, tal como otros confían en nosotros a pesar de nuestros errores. Sería algo así como: “no, tú no eres así. ¡Sé cómo eres! En realidad eres mucho mejor”. Cuando alguien ha fracasado, necesita experimentar que hay otro que le quiere, y que desea todo el bien posible para él, su pleno desarrollo, su dicha profunda; le quiere desde el fondo del corazón, con gran sinceridad.

Si no veo lo bueno en el otro, le quito el espacio para respirar y vivir. Éste se aleja, en consecuencia, cada vez más de su ideal y de su autorrealización. En otras palabras, le mato, en sentido psicológico y espiritual. Se puede matar, realmente, a una persona con palabras injustas y duras, con pensamientos malos o, sencillamente, negando el perdón. El otro puede entonces entristecerse y llenarse de amargura.
Kierkegaard habla de “la desesperación de aquel que, desesperadamente, quiere ser él mismo”, y no llega a serlo, habría que añadir, porque los otros lo impiden.

El educador tiene la tarea de mirar hondamente y descubrir lo que los jóvenes quieren expresar con su comportamiento erróneo: ¿necesitan llamar la atención porque se sienten solos? ¿Están aburridos, deprimidos o desesperados? ¿Ven algún sentido en su existencia? No es justo juzgar a los demás. No somos nosotros los que podemos conocer el fondo del corazón humano y, si llegáramos a saber lo que se esconde allí, nos sorprenderíamos -no en poca medida-. Hay que tener en cuenta también que una persona cambia constantemente: por eso, no se la puede “clasificar” ni meter en ningún esquema fijo; sería algo análogo al caso del piloto que se dispone a volar creyendo que es suficiente haber leído el informe meteorológico del mes anterior. Si le etiquetamos como vago, o egoísta, o con cualquier otro defecto, habremos precintado, quizá, su posibilidad de cambio.

Además, el adolescente necesita toda nuestra ayuda en los momentos de aparente fracaso, que para los adultos no será tal, pues debemos tener claro que “lo importante no es que sean los mejores, sino que sean buenos”.

6.2. Evitar rigorismos

La Psicología nos enseña que una persona puede romperse si se le exige continuamente “más de lo mismo”: más trabajo, más méritos, más velocidad, más dinero, más producción… Está bien aprovechar las capacidades, no admitir “chapuzas” ni permitir que se deje lo emprendido “a medias”, pero resulta peli­ groso obsesionarse con los resultados. El ansia de perfeccionismo suele acarrear falta de exigencia (acaban haciendo los padres las tareas escolares o los encargos familiares que debería n hacer los hijos), justamente porque se atiende más al resultado que al proceso. En este tema, cuentan más los medios que el fin en sí mismo.

Es innegable que la disciplina ennoblece. Pero una disciplina exagerada resta vigor y fortaleza al hombre, y apresura su degeneración.

La sabiduría ancestral china advierte que “la dureza y la rigidez son cualidades de la muerte, la flexibilidad y blandura son cualidades de la vida”.

Si en el trato con los jóvenes se insiste en machacarlos, con preceptos y amonestaciones, para que aprovechen bien el tiempo y rindan, lo único que se conseguirá son personalidades torcidas que, finalmente, han interiorizado de modo exagerado las exigencias y ya no pueden disfrutar de la vida.

Jacques Philippe habla con dolor sobre “la pequeñez de espíritu del que lo mide todo con el rasero de estrictas prescripciones del tipo: no toméis, no gustéis, no toquéis, en lugar de vivir con el corazón ensanchado por el amor; o del que con su legalismo o su perfeccionismo hace la vida imposible a los demás y se convierte en un ser inmisericorde”.

Es importante tener presente que la perfección no existe. No hemos de pretender la solución perfecta, sino ir consiguiendo pequeñas metas. Es preciso, para ello, no magnificar los problemas, no maldecir el ambiente o la época que nos ha tocado vivir, y, sobre todo, ser optimistas respecto a la capacidad de mejora de cada adolescente, pues la pelea continua por ayudarles a crecer no es algo nuevo:

“Los niños de hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, engullen la comida y tiranizan a sus maestros”. Ya lo decía Sócrates hace unos cuantos siglos (424 a. C.).

una historia del bronx - copia
“No hay cosa más triste en la vida que el talento malgastado’ Robert De Niro a Lillo Brancaro. Una historia del Bronx.

7. ORIENTAR HACIA GRANDES IDEALES

“En lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad; no la prudencia, sino el coraje; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber”, dice Natalia Ginzburg en su libro Las pequeñas virtudes.

No hace falta criticar continuamente la situación de nuestras sociedades. Una persona que amonesta y da lecciones es poco atractiva. Es mejor enseñar a los jóvenes a abrir y ensanchar el alma, a orientar las ansias hacia grandes ideales. En el ambiente actual, a veces se nota una cierta resignación y poco ánimo para educar. Pero también hoy en día hay muchos jóvenes inquietos; hay una rebeldía sana contra la tendencia al mínimo esfuerzo de seguir la moda.

Hace unos años, un chico de 17 años decía en la televisión alemana:

“En esta sociedad sólo cuentan el dinero y los coches grandes. Éste no puede ser el sentido de la vida. Para nosotros valen más la amistad y el compañerismo”.

Es una tragedia que ese chico fuera un neonazi, recién detenido por la policía por su participación en crímenes racistas.

En el fondo, a muchas personas les aburre la vida aburguesada llena sólo por las horas muertas que pasan mirando la televisión, con zapatillas de descanso y una -o más- botellas de cerveza. Cuanto más se entretienen, más se aburren. Por eso buscan cosas cada vez más absurdas para satisfacerse. “No hay nada como la visión de un espíritu amputado, no hay prótesis para eso’ dice a este respecto Frank Slade (Al Pacino), en Esencia de mujer.

Esencia-de-mujer_imagen
Hay que aprender, en cambio, a observar, a sentir y a vibrar con la naturaleza, con la música, con la lectura, con la conversación, con la amistad, con la entrega a los demás, y también con el contraste de ideas. Hay un inmenso panorama para abrir inquietudes, para despertar intereses, para sembrar curiosidades.

Podemos ayudar a los jóvenes a descubrir la dignidad humana y el auténtico sentido de la vida. Si un adolescente tiene un proyecto vital muy alto, lucha con ilusión por conseguirlo y está dispuesto a renunciar a cosas secundarias y triviales.

Si los educadores apuntamos alto, los adolescentes, entonces, se dan cuenta, por sí mismos, de la necesidad de decir que no a aquello que les aleja del rumbo marcado. Pueden vivir la experiencia de que el trabajo bien hecho, el servicio a los demás, la amistad y la generosidad contribuyen más a la felicidad que el vestirse según el último grito de la moda, o en jugar al fútbol con las mismas botas que lleva el mejor jugador del mes. Así, el consumismo egoísta puede dejar de ser un problema, sin que se hable mucho de ello.

Un buen educador se caracteriza por una magnanimidad desinteresada. Ayuda a los jóvenes a encontrar su camino original. No es el que soluciona todos los problemas, sino el que enseña a sus alumnos cómo se han de conducir ellos mismos, libremente, por la luz de su propia razón, sin necesidad de vigilancia o control. De este modo, se hace gradualmente innecesario, se retrae y oculta cada vez más:

“Luce porque no aparece, brilla porque nadie le aplaude”, dicen los orientales.

Sin embargo, goza de la profunda satisfacción de que sus alumnos tienen metas grandes y la ilusión por alcanzarlas; y tienen también la conciencia clara de ser ellos mismos los protagonistas de su vida.