Adolescentes: para padres y educadores (1)

«Algunas veces me siento incómoda en el papel de madre; me siento inepta, me parece que educo de forma descuidada, que hablo poco, que dejo escapar en vano estos preciosos años de días de convivencia con mis hijos, ya tan mayores. Los miro y los encuentro amables y guapos y pienso en el vacío que dejarán en mi casa cuando se vayan. Los miro y me parecen aún indefensos y quisiera poder asumir la carga de dolor que la vida les reserva, a ellos como a todos. De algún modo, me siento responsable de su felicidad y me pregunto si han recibido las armas y los instrumentos necesarios para hacer elecciones conscientes, para ser aguerridos en las pruebas, fuertes en las desilusiones, generosos en el éxito, para amar y vivir en el significado», dice Marisa Madieri (1938-1996), en su novela Verde agua.

Mejor imposible - Tu haces que yo quiera ser mejor persona

«Tú haces que yo quiera ser mejor persona». Jack Nicholson. Mejor… Imposible

Para realizarnos tenemos necesidad de otros. Por ello es tan importante la educación, que se nos revela todavía más apremiante si tenemos en cuenta que, en la actualidad, la coherencia personal supone ir contracorriente en muchas ocasiones. Hay que iluminar la inteligencia, fortalecer la voluntad y limpiar los sentimientos del egoísmo. En esta gran tarea, los padres y los maestros deben “cortar” todo lo que pueda empequeñecer o rebajar a los hijos; pero nunca pueden prescindir de su libertad sin atentar gravemente contra la dignidad de la persona humana.

Se debe buscar, por parte de los educadores, no tanto vencer, muchas veces ni siquiera convencer, sino persuadir: se quiere presentar una propuesta que mueva a la acción.

«Cuando alguien está persuadido de algo no sólo entiende el sentido literal de las palabras, sino que lo refiere a sí mismo, probándolo o rechazándolo; de este modo, la enseñanza suscita una acción» escribe en su tesis doctoral el filósofo Jesús María lzaguirre. La enseñanza ciertamente informa, pero lo que realmente debe conseguir es persuadir, porque sólo la propia acción del educado puede ser el término de la educación. Y así la persuasión nunca puede acabar en indiferencia.

Federico Luppi, un actor argentino afincado en España, hace una brillante exposición (sobre nuestra tarea de guiar en la vida a los jóvenes), en la película Lugares comunes. Los padres y educadores quizá debiéramos tener presentes, a menudo, sus palabras:

«El año que viene casi todos ustedes serán profesores. De Literatura no saben demasiado, pero lo suficiente para empezar a enseñar. No es eso lo que me preocupa. Me preocupa que tengan siempre presente que enseñar es mostrar. Mostrar no es adoctrinar, es dar información, pero dando también, enseñando también, el método para entender, analizar, razonar y cuestionar esa información.

Pónganse como meta enseñarles a pensar, a que duden, a que se hagan preguntas. Las mejores preguntas son las que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos, muchas son ya lugares comunes, pero no pierden vigencia: ¿qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?».

1. EMPEZAR POR EL PROPIO EDUCADOR

En uno de sus artículos, Alfonso Aguiló habla de la experiencia transmitida por un adolescente:

“Me gustaría que mis padres, y que usted mismo, supieran ponerse más a mi nivel”. El que remarcaba esas palabras con seriedad pero con des­ envoltura era un alumno de diecisiete años resuelto y reflexivo, al comienzo de la primera sesión de tutoría de un curso reciente.

“Me molesta que los adultos hablen siempre con tanta seguridad, que adopten siempre la posición de expertos conocedores de todo. Se lo digo a usted desde el principio, y no para ofender, de verdad. Me gustaría que los adultos se bajaran un poco de su pedestal, que no se dirigieran a la gente joven siempre dando órdenes o consejos.

Sólo pido que nos escuchen de vez en cuando, que admitan al menos que también podemos tener ideas inteligentes, que se nos reconozca un plano de cierta igualdad, que nos hablen con más claridad. Aunque no lo parezca, nos fijamos bastante en ellos, más de lo que se creen. Lo que me gustaría es que sus reflexiones no fueran siempre como consejos encubiertos, y que procuraran hacerse cargo de lo que realmente nos sucede”.

Aquella conversación recuerda lo que escribió Romano Guardini: “el factor más eficaz para educar es cómo es el educador; el segundo, lo que hace; el tercero, lo que dice”. Son importantes los consejos que se dan, o las cosas que se mandan, pero mucho antes está lo que se hace, los modelos que se presentan, las cosas que se valoran, y cómo unos y otros se relacionan entre sí.

Es básico que el adolescente pueda contar con modelos de identidad coherentes y atractivos que le sirvan de referentes de la conducta. Los padres no pueden pretender que sus hijos practiquen cosas que ellos no practican. El comportamiento de los progenitores es el primer esquema que los adolescentes captan y someten a juicio, al principio de modo severo y, según pasan los años, suavizando su postura, lo que permitirá que las aguas vuelvan a su cauce y que la valoración de los padres resulte más ecuánime y comprensiva.

De mayor importancia que esta o aquella decisión concreta es la persona del educador. Un buen maestro influye más con su vida que a través de sus lecciones. Es modelo para otros que, mirándole a él, se encuentran a sí mismos. Un antiguo dicho popular afirma: “búscate un maestro al que puedas apreciar más por lo que ves de él que por lo que le oyes decir”.

Transmitimos lo que pensamos, pero sobre todo transmitimos lo que somos, porque lo que de verdad conmueve, convence, impacta y estimula, es la personalidad del otro.

Una historia ya muy antigua cuenta que, un día, una madre desesperada buscó a un rabino que tenía fama de sabio y le preguntó:

“¿Qué puedo hacer? Mi hijo es completamente dependiente de sus compañeros. Todo el día se compara con ellos y hace lo que ellos deciden. No tiene voluntad propia. ¿Cómo puedo cambiarlo?”.

El rabino respondió:

“No tienes que cambiar a tu hijo, sino a ti misma. Los problemas de tu hijo reflejan tus propios problemas. ¡Cambia tú!’

Este juicio, por supuesto, no se puede ni se debe aplicar a cualquier familia que tiene dificultades con los hijos. Sería una grave injusticia, ya que nuestra sociedad está llena de “coeducadores” más o menos escondidos, como la televisión, las redes sociales de Tuenti o Facebook, la publicidad, la moda, el cine, la prensa… Pero sí se puede aplicar al conjunto de una generación. Los jóvenes expresan, muchas veces con claridad, las actitudes profundas de los mayores: si los adultos gozáramos de una mayor libertad interior y de una sana independencia del entorno, los hijos serían distintos, más independientes y más libres.

Por tanto, conviene que crezcamos en la conciencia de nuestra responsabilidad como educadores. Todo lo que hacemos influye en el ambiente que nos rodea y, especialmente, en nuestros alumnos o hijos. No podemos quejarnos de las coacciones propias de las sociedades de competencia y de consumo, porque nosotros mismos las creamos o, al menos, contribuimos a que se mantengan. A veces, pasan cosas verdaderamente ridículas: se identifica el éxito con un perfume, y la libertad con teñirse el pelo de un color extraño o tatuarse (lo que, hoy en día, no es ya nada original). Hace falta liberarse de la manipulación del entorno, mostrar un rostro único y adquirir un estilo propio de vida. Una persona que tiene el valor de ir contracorriente, sin endurecerse o despreciar a los demás, puede arrastrar a muchos.

Los educadores también somos hijos de nuestro tiempo. Si queremos orientar eficazmente a otros, tenemos que saber discernir lo verdadero y valioso de lo que es mero brillo y propaganda. No tenemos que ser perfectos, pero sí auténticos.

 “Nunca he sido perfecto, pero soy real”. Ese es el lema del Proyecto Nacional de Relatos en el que Paul Auster recopiló más de 4.000 relatos verídicos y breves de la vida americana. Ese podría ser también el lema de muchos educadores.

No importa que tengamos defectos y debilidades; éstos pueden, incluso, hacernos más amables. Pero debemos luchar sinceramente, y con sentido positivo, por vencer, poco a poco, nuestras falsas dependencias.

Sin ser perfectos, o perfeccionistas, sí que podemos, sin embargo, ser una referencia válida y coherente para ellos, porque ellos, más tarde, son los primeros que disculparán nuestras carencias:

“Cuando la gente me pregunta si Michael Sullivan era un hombre bueno, o si en él no había ni una pizca de bondad, yo siempre doy la misma respuesta; sólo les digo: era mi padre”. Así habla Michael Sullivan Jr. (Tyler Hoechlin) de su padre (Tom Hanks) en Camino a la perdición.

En esa decisiva batalla que el educador debe dar contra la mediocridad de sus alumnos o hijos, hay dos tipos de lenguajes:

Uno es demoledor, tajante. Es una actitud que fomenta voluntarismo, crispaciones estériles que cansan, que suelen resultar inútiles y vacías de significado, cuando no contraproducentes.

El otro estilo es más humano. Está también dirigido al adolescente, pero por alguien adulto que tiene, además, una amplia experiencia de su limitación y fragilidad. El adulto sabe bien que, para conseguir algo, no basta sólo con desearlo con intensidad, sino que, además, tiene que enreciar su voluntad, buscar ayuda, hacer acopio de humildad para superar los momentos bajos, y, sobre todo, poner en su vida referencias suficientemente altas y que merezcan la pena.

 Teresa Wright - Los mejores años de nuestra vida

«Nuestra familia mantiene unas relaciones poco corrientes: nos contamos nuestras cosas» Teresa Wright. Los mejores años de nuestra vida


2. LA COMUNICACIÓN ENTRE PADRES E HIJOS

“Hablar constantemente no implica que nos estemos comunicando” dice el actor Jim Carrey en una de sus películas. Y es que para que funcione una comunicación adulto-adolescente, no sólo es preciso que el adulto hable -por muy convincente que sea-, sino que también se necesita que el adolescente escuche. Las maneras y los momentos de comunicar son cruciales.

Muchos adolescentes dicen que sus padres o profesores los rallan, que no se puede hablar con ellos, que sólo saben echar broncas y que no les tienen en cuenta para nada; los padres, por su parte, se quejan de que sus hijos no los escuchan, que sólo responden con monosílabos, que no entran en razón. Las relaciones humanas se sustentan en el diálogo; sin embargo, la comunicación entre padres e hijos deja mucho que desear en ocasiones. No hablan con la frecuencia necesaria y, cuando lo hacen, no se entienden. Los intentos por llevar a cabo una conversación acaban muchas veces en monólogos estériles, en una pelea absurda o en una bronca monumental.

Muchos padres suscribirían la siguiente frase de Eugene P. Bertin, médico e investigador francés:

“La madre naturaleza es maravillosa. Nos concede doce años para que desarrollemos amor hacia nuestros hijos antes de convertirlos en adolescentes”.

Según una encuesta realizada por la Universidad Autónoma de Madrid en 2005, el 40% de los padres afirma que discute con sus hijos con mucha o bastante frecuencia por el orden de la habitación, el 28% por la forma de comportarse y el 26% por la ayuda en las tareas domésticas. A estos tres ámbitos les siguen las trifulcas generadas por las notas y los estudios (23%) y superan con creces las cuestiones que parecen más polémicas como: la alimentación (16%), la forma de vestir, la ropa y el peinado (11%), la hora de volver a casa (8%), las amistades y los gastos (6% en ambos casos) y temas referentes a las creencias religiosas (4%).

Padres e hijos se quejan con razón: falla la comunicación. Es importante advertir que, para que la comunicación sea eficaz, es necesario el esfuerzo de los hablantes por colaborar. Vale la pena que nos esforcemos por cooperar para que la comunicación sea posible; en ello nos jugamos demasiado.

Hemos de ser conscientes de que no por mucho “rallar” se educa más ni, por supuesto, mejor. La forma de hablar con un hijo o una hija adolescente no puede ser la misma que se utilizaba hace unos años cuando era un niño o una niña. Ahora están en una edad diferente, llena de transformaciones y de nuevas experiencias, su universo ha cambiado y a los padres ya no los ven igual que antes. Esos cambios también los percibió en sus hijos James T. Adams, historiador americano (Premio Pulitzer en 1921), cuando expresó:

“Cualquier astrónomo puede predecir con absoluta exactitud el lugar en que cada una de las estrellas del universo estará a las 11:30 de esta noche. Sin embargo, no puede hacer la misma predicción respecto a su hija adolescente”.

Los padres deben tomar conciencia de ello, adaptarse a la nueva situación y ayudarles a madurar. Para ello, han de hacer un sobreesfuerzo consistente, sobre todo, en conocer el mundo adolescente y cambiar el registro comunicativo.

A un adolescente no le podemos exigir que se comporte de forma estable, madura, calmada, porque entonces no sería un adolescente. Tenemos que contar con esta dificultad, tenemos que admitir que, si no somos nosotros los que aprendemos a hablar con ellos, poco les podremos enseñar.

¿Qué es lo que hacemos mal? Esta suele ser la pregunta que se hacen muchos padres. Se sienten fracasados, porque no logran quizá entablar un diálogo fluido con sus hijos y son conscientes de que, si se pierde la comunicación, la educación se hace muy cuesta arriba. Algunos, sumidos en el pesimismo, tiran la toalla cuando sus hijos llegan a la adolescencia. Quizá porque no nos damos cuenta de que ya no son niños y que debemos cambiar de registro. Con los hijos adolescentes se puede hablar, claro que sí, pero cuesta. Ellos ponen las barreras propias de su edad; lo que nosotros tenemos que hacer es superarlas.

A continuación, citando el libro No me ralles, exponemos los consejos que los autores dan sobre la comunicación de los adultos con los adolescentes:

DEBEMOS EVITAR ALGUNOS ERRORES:

a) Ignorar la actitud del hijo por miedo al enfrentamiento

El sentido común nos irá dictando en cada caso cuándo una determinada conducta merece ser atajada con prontitud o vale más pasarla por alto. A veces ocurre que hacemos la vista gorda en cuestiones importantes y nos obcecamos en detalles insignificantes. Nos ponemos nerviosos (demasiado, quizá) por el volumen de su equipo de música u ordenador y, en cambio, permitimos que llegue a horas intempestivas. Justamente este miedo al enfrentamiento es el que suele provocar los enfrentamientos.

Un conflicto es una ocasión para educar. Si lo eludimos estamos validando lo que ha hecho o ha dicho; si lo silenciamos, lo damos por bueno. No querer enfrentarse a los hijos supone no afrontar lo que es ser padre. Pasar por alto actitudes que parecen inadmisibles es pasar por alto el hecho mismo de ser padres. De esa forma se hace de los hijos “huérfanos de padres vivos”, en frase de Emilio Calatayud (magistrado español, juez de menores de Granada conocido por sus sentencias ejemplares). Los hijos se convierten en eso si no se está donde se deberla estar y no se ejerce la autoridad que la maternidad o la paternidad otorga.

b) Hablarle cuando estamos nerviosos

Por lo general, es lo que hacemos. Vamos callando y aguantando hasta que ya no podemos más. Tomar decisiones cuando estamos nerviosos, y más en el ámbito educativo, nos hace decir y hacer cosas que realmente no controlamos. En esas circunstancias lo mejor es calmarse, porque lo normal es que la situación se nos vaya de las manos. Nos podría ocurrir como a aquella madre que decía que castigó a su hijo sin paga hasta cinco años después.

c) No respetar su intimidad

Los adolescentes son muy celosos de su intimidad, sobre todo con sus padres. Aunque veamos incongruencias en su comportamiento respecto a este tema, se debe andar con pies de plomo para no invadir su espacio. Entrar en su habitación para charlar es una buena forma de empezar, pero hay que tener en cuenta que estamos en su terreno.

No hagamos de padres-policías. No parece recomendable someterle a interrogatorios intimidadores ni registrar su habitación, no parece apropiado husmear en sus cosas ni inspeccionar su ordenador. Podemos tener muchas sospechas sobre su comportamiento, pero el hijo no es un sospechoso al que hay que investigar, sino una persona con la que tenemos que hablar.

d) Decir siempre lo mismo

Así como cambiamos de canal cuando un programa nos resulta aburrido, de igual modo a los hijos les gustaría hacer zapping cuando les repetimos siempre lo mismo. Como no lo pueden hacer, se limitan a desconectar.

e) Sermonear

Muchas veces, la comunicación se reduce a decir lo mismo de siempre pero con mayor énfasis, gritando y perdiendo los nervios. “Eso me pone a cien y le digo de todo”, confiesa n algunos padres. Si hablamos cuando hemos perdido los estribos, ya no dialogamos, sino que sermoneamos.

f) No escuchar

Los adolescentes sienten que sus padres no los entienden. Suelen decirlo en casi todas las entrevistas. “iCómo va a entenderme, si no me escucha!’ suelen decir. Saber escuchar es el primer paso para poder comprender, porque no sólo se trata de oír al otro, sino de prestarle atención, de tenerlo en cuenta, de valorar sus opiniones… y, sobre todo, de ponerse en su lugar. Otros chicos lo dicen de otra manera: “tú no conoces a mi padre…”, “mi madre se pondrá como una loca si le digo esto…”.

Pongámonos en el lugar de un adolescente: si conociéramos a alguien que no se atreve a decirnos las cosas a la cara, que nos habla estando nervioso, que no respeta nuestra intimidad, que siempre dice lo mismo, que nos sermonea continuamente y que no sabe escucharnos, ¿hablaríamos con esa persona?, ¿depositaríamos en ella nuestra confianza?, ¿le pediríamos ayuda? Seguramente, no.

EL DIÁLOGO CON ADOLESCENTES TIENE UNOS REQUISITOS PROPIOS:

a) Buscar el momento adecuado

No cuando a los padres les va bien, sino cuando los hijos lo necesitan. Se puede estipular un momento al día para hablar, pero hay que estar preparados siempre, porque quizá tenga que contar algo en el momento menos oportuno. En tal caso, hay que dejarlo todo y atenderle, porque, aunque en ese preciso instante tengamos cosas muy urgentes que hacer, seguro que no hay nada más importante. Si se deja pasar la ocasión, porque “ahora no, que estoy ocupado” o “después me lo cuentas, que tengo trabajo’: quizá ésta habrá desaparecido para siempre. Por eso, es decisivo que los hijos sepan que cuentan siempre con sus padres, que están ahí, y que lo están realmente. Todo se reduce a dedicarles tiempo: es lo que más necesitan de nosotros. Que no nos pase como a ese chico que preguntó a su padre cuánto ganaba a la hora. ”4o euros”, respondió el padre. Su hijo dijo entonces: «¿me los prestas? Quiero hablar contigo durante ese tiempo»

b) Respetar su intimidad

Aceptar las confidencias que nos quieran hacer, sin forzar, y no desvelarlas.

e) Serenidad

A nosotros, que somos los adultos, nos corresponde poner serenidad. Es importante comenzar nuestro diálogo siempre con un comentario positivo, mirándole a los ojos. Dar oportunidades para que se desahogue, de que exprese sentimientos. También respetemos los silencios.

Si la primera vez que un hijo hace una confidencia un poco fuerte o delicada, su padre o madre se echa las manos a la cabeza, arma un escándalo o le castiga severamente, probablemente esa sea la última vez que se sincere con ellos. Muchas veces será difícil mantener el tipo cuando uno se entere de algo que han hecho los hijos; sin embargo, hay que hacer de tripas corazón y guardar la compostura. Serenidad ante ellos; ya desataremos la caja de los truenos en privado.

d) Aceptar sus formas

No podemos esperar que, en la relación con nuestros hijos adolescentes, todo marche como una balsa de aceite. La serenidad, ya lo hemos dicho, la tenemos que poner los adultos; los hijos tendrán probablemente salidas de tono, malos modales, levantarán la voz, no respetarán las normas del discurso, harán desplantes, etc. Pretender una conversación afable con un hijo o una hija adolescente es no entender su registro.

Se tiende a dar más importancia a la forma que al contenido; de esa forma se malgastan las energías en discutir sobre formalidades y perdemos una nueva ocasión para educar.

Ocurrió en una entrevista con un padre y su hijo. En cierto momento, el adolescente perdió los estribos y comenzó a decir barbaridades. El padre callaba. El chico acabó con una frase rotunda que resonó en la habitación: “a gusto cambiaría de padre”. El padre, que había permanecido sereno y callado escuchan­ do a su hijo, le miró a los ojos y le dijo con cariño: ”pues yo por nada del mundo cambiaría de hijo”.

e) Darle razones de peso

“el bebé necesita atenciones; el niño, limitaciones; el adolescente, razones’ dice Javier Urra en su libro-informe ¿Qué ocultan nuestros hijos?

En la película An Education, la frase que lanza a su padre la joven protagonista (Carey Mulligan) es la clave de toda la historia: “ya no basta que nos eduquéis, ahora es necesario que sepamos por qué lo hacéis’.

Pero razones que tengan peso para él, no para nosotros. Puede que un argumento nos parezca a nosotros muy convincente, y, sin embargo, para un adolescente no tenga ninguna fuerza. Para un adolescente “estudiar para llegar a ser algo en la vida” tal vez no tenga tanto peso como, por ejemplo, “estudiar para poder trabajar en lo que te gusta”. Hay que ponerse en su lugar y dialogar. Mediante el diálogo se razona y se hace razonar.

f) Motivación dialogada

Hay que aprovechar el diálogo para dar criterios a los hijos. No se trata de hacer de cada conversación un sermón o una reprimenda, que generalmente no sirve para nada, porque el hijo ya está sobre aviso. Los típicos sermones o broncas se parecen a esa tormenta que, como se ve venir, nos da tiempo a refugiarnos o a coger el paraguas: te puedes mojar la primera vez, pero no las sucesivas. Siguiendo con la comparación, las conversaciones con los hijos adolescentes no deberían ser tormentosas, sino como una lluvia fina, que no logra alarmarnos lo suficiente como para buscar un refugio o sacar el paraguas, pero que acaba mojándonos. De esa manera los padres podrán ir sembrando valores y criterios en los hijos. Estaremos modulando su carácter, pero sin que ellos se den cuenta y con menos conflicto que de otra manera.

La educación es una actividad mucho más compleja que el simple adiestra­ miento y requiere, ante todo, diálogo. Hay que crear el ambiente para el diálogo. Debemos buscar el entorno adecuado para que nos escuche. No conseguimos nada hablando cuando está enfadado, o cuando lo estamos nosotros, cuando tiene prisa o cuando está preocupado por otras cosas. Se trata de propiciar el encuentro. De esta manera facilitaremos que se implique. Hay que convencerle de que es capaz de mejorar su actitud o su comportamiento en una cuestión determinada. No es posible cambiar o mejorar si uno mismo no está convencido de que lo puede lograr. Como padres, hay que buscar la forma de hacerle ver que es capaz de conseguirlo. En este sentido, es importante conseguir que acabe todo lo que empieza. Dejar las cosas a medias equivale a no hacerlas. Se trata de una norma que debemos aplicar en todos los ámbitos.

Por último, hay que ayudarle. Demostrarle en todo momento que no está solo, sino que cuenta con nuestro apoyo. Según los casos, buscaremos ayudas concretas.

g) Establecer pactos

El “regateo” puede ser una forma de conversación efectiva. Aquí hay que saber ceder en lo superficial, para “ganar” en lo esencial. Quizá merezca la pena “cambiar” un corte de pelo por un domingo con la familia. La cuestión es que, cuando se pacta, se produce un compromiso, y el compromiso une.

Revisemos la forma que tenemos de comunicarnos con los hijos o alumnos adolescentes y veamos qué expresiones utilizamos más.

Dificultan la comunicación:

Estoy harto de ti; eres incapaz de hacerlo; aprende de tu hermano; me matas a disgustos; siempre estás molestando; cada día te portas peor; no sé cuándo aprenderás; así no llegarás a nada; fuera de mi vista; no te aguanto.

Propician el diálogo:

Me siento orgulloso de ti; estoy seguro de que lo harás; vemos que te has esforzado; comprendo lo que te pasa; dime qué te preocupa; seguro que mejorarás; te felicito; conseguirás lo que te propongas; me gusta estar contigo.


Los padres pueden reaccionar de diferentes maneras ante la rebeldía, la irritabilidad, la agresividad, la confrontación, los desaires… propios de su hijo o hija adolescente.

TIPOS DE PADRES PENSAMIENTOS ERRÓNEOS PENSAMIENTOS CORRECTOS
Angustiados ¿Tendrá algún trastorno psicológico? Son rasgos propios de su proceso evolutivo
Coléricos No hay quien le aguante No es él, es su conducta
Culpables ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Yo no soy culpable
Desconcertados No entiendo qué le pasa Tranquilo: él tampoco lo entiende
Ignorados Pasa de mí Sé que le importo
Vencidos No puedo más Me necesita más que nunca

 También nos parece interesante el siguiente cuadro sobre los efectos que producen, en los adolescentes, los procedimientos de sus profesores y padres:

PROCEDIMIENTO DEL PADRE O PROFESOR MEJORA INDIFERENTE EMPEORA
Reproche público 40% 13% 47%
Reproche privado 83% 10% 7%
Conversación amistosa 96% 4% 0%
Elogio público 91% 8% 1%
Sarcasmo público 10% 13% 77%
Sarcasmo privado 18% 17% 65%
Reconocimiento de que está mejorando 95% 4% 1%
Reconocimiento de que está empeorando 6% 27% 67%

 Liam Neeson - El reino de los cielos

“Soy lo que soy, alguien debe serlo’ Liam Neeson. El reino de los cielos